AYER ME BURLÉ DEL SISTEMA. AYER LO DESOBEDECÍ.
AYER ME BURLÉ DEL SISTEMA. AYER LO DESOBEDECÍ.
En mi hora con mis estudiantes de séptimo grado de la IESJ, se dio un momento especial, sí, pero para eso tuve que ser desobediente.
Sí, desobediente, por eso ayer me burlé del sistema. Ayer lo desobedecí.
Miré el tema que debía desarrollar, alineado con el plan de clases, desde el plan de área, con el currículo, con la filosofía institucional y con el POA del colegio. Todos esos instrumentos que, muchas veces, terminan siendo una camisa de fuerza que impone ritmos y formas de enseñar y que olvidan el sentido humanizador de la educación.
A todo eso, lo desobedecí.
Cerré mi computador y decidí hacer algo distinto: me puse a orar con mis estudiantes. No fue una oración dogmática ni impositiva. Fue una oración que nacía del corazón.
Les pedí que pensáramos y oráramos por la familia.
Que diéramos gracias por la familia que tienen. Luego, les pedí que guardáramos un profundo silencio por aquellos miembros que ya no están, por quienes les enseñaron lo que hoy son, por quienes sembraron valores, principios, formas de vida.
Ese salón, que muchas veces es ruido, dispersión y caos, se transformó.
Reinaba el silencio.
Los ojos estaban cerrados, las palabras calladas, y el silencio se convirtió en una fuerza que hacía memoria de los ausentes y, al mismo tiempo, en una fuerza de gratitud por los que aún permanecen.
Algunos lloraron, otros solo estaban tranquilos.
Pero no fue un momento simplemente emotivo; fue un momento de encuentro. Un encuentro en el que, desde el silencio, Dios purifica el alma. Donde el llanto no debilita, sino que limpia el corazón, donde la tranquilidad y la sonrisa no significan desaprobación, sino calma interior.
Eso no lo permite el sistema.
Sin embargo, al desobedecerlo, aunque fuera por unos minutos, mis estudiantes pudieron encontrar en el silencio una respuesta que les ayudó a ser agradecidos con sus padres y a hacer memoria de aquellos que ya no están, pero siguen vivos en su historia.
Eso no lo permite el sistema.
Me alegra haber desobedecido el sistema.
Porque ser esclavo de él siempre impedirá el verdadero encuentro humano, que es, en el fondo, el sentido más profundo y también más desafiante de la educación, SU HUMANIZACIÓN.
Grejoarpe79. Pbro.
Docente de ERE y Ética.

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