LA DESAPARICIÓN DEL OTRO EN LA ESCUELA.
En cierta medida los contextos situacionales, sociales y culturales marca un itinerario a la hora de desarrollos procesos pedagógicos y la aplicación de los aprendizajes que se van adquiriendo, pero a la hora del análisis de tales procesos, el docente se enfrenta a la realidad que interpela y que de una u otra forma exigen respuestas trasformadoras. Por lo tanto, al hacer nos la pregunta sobre: ¿Qué factores considera usted que dificultan la capacidad de reconocimiento del otro?
Requiere de tres cosas:
(1) Mirar los contextos
históricos, (2) las dinámicas existentes basadas desde realidades del pasado
como hechos marcantes y (3) las consecuencias de tales realidades marcadas al
interior de la comunidad escolar que influyen si o no en el desarrollo de la
apertura a la otredad.
Por ende, lo histórico desde el
pasado, lo presente desde lo histórico y las consecuencias de ambas realidades
como criterio para apertura hacia el reconocimiento del otro, encuentran una
contextualización en el territorio donde el desarrollo pedagógico y el análisis
de la realidad buscan comprender sobre el porqué muchas veces se dificultan un
desarrollo continuo del aprendizaje en el aula y muchas veces la dinámica
comunitaria escolar presenta hechos que alteran no solo el orden colectivo sino
las dinámicas entre la relación escuela – alumno y padres de familia.
En este sentido instituciones
educativas como al San José en el municipio de Ovejas (Sucre) lugar donde
desarrollo mi labor docente, permiten abordarnos en el ejercicio de comprensión
sobre como el contexto dificulta el aprendizaje y como el aprendizaje podría
ser útil para la trasformación del contexto, esto permite concluir que lo que dificulta
ver al otro como parte de mi ejercicio del reconocer, son las mismas formas y
maneras de como lo percibo, lo concibo permitiéndome ser capaz de conocerlo en
su otredad, ya que al crear un vínculo de relación con él, ese otro, siempre
será un diferente a ‘mi yo’, y ‘yo que seré un otro', siempre seré un diferente
a él, lo que requiere apertura, encuentro, confianza y disposición para un
desarrollo integral entre las diferencias. Pero cuando hay secuelas de dolor y criterios
impuestos por los traumas colectivos, siempre estará la evidencia del rechazo
inmediato.
Por ende, para nadie es un secreto que el
territorio colombiano, está influenciado por una carga histórica marcada por el
conflicto armado, reflejado en los hechos de violencia que con el tiempo han
mutado en colores, razones y propósitos, lo que quiere decir, a nuestro modo de
ver, que las generaciones que van emergiendo dentro de estos territorios
contextuales fueron, y siguen siendo influenciados, por procesos educativos que desarrollaron un tipo de concepto
conflictivo, aunque no se allá vivido en carne propia los hechos violentos y
sus secuelas, estas se han trasportado en las realidad propias de las familias
y de las comunidades, dejando a su paso heridas no sanadas ni resueltas con el
pasar del tiempo.
Este contexto de trauma histórico que se
convirtió en parte de una memoria colectiva no elaborada la cual configura con
el tiempo una cultura de la violencia, y la escuela en el territorio no ha
estado ajena a esta situación. Esto coloca en evidencia, el arduo trabajo de
docentes que en el desarrollo pedagógico en campo encuentran dificultades para
que desde el territorio se desarrollen ambientes donde la superación del trauma
colectivo, el trabajo por el perdón y la reconciliación, la desarticulación del
lenguaje violento, las construcción de acciones hacia el otro y la cooperación
colectiva que promuevan encuentro, viven sus mayores obstáculos, lo que genera
dos realidades en el que hacer de todo procesos educativo:
- 1. La construcción de un pensamiento que desarrolle argumento desde y hacia lo colectivo como espacios de corresponsabilidad y de trasformación.
- 2.
La
práctica diaria de una forma de relación hacia el otro y con el otro, con el
fin, de busca una integración colectiva que conlleve trasformación de una
cultura de apertura en el territorio.
En este contexto vemos muchas veces cómo niños
y adolescentes se encuentran en un flujo de relaciones donde la palabra y las
acciones siempre tiene una carga de violencia hacia el otro, donde se evidencia
la complejidad para la apertura y la construcción de una sólida relación humanas
ante el que piensa diferente, siente diferente, mira diferente, llevando a
trasmitir rivalidad y rechazo de los unos con los otros, la creación de
círculos cerrados, y/o la presencia de rivalidades al interior de procesos que necesitan
tener miradas colectivas para un beneficio común. En este sentido, la escuela evidencia
la presencia del conflicto, no de índole armada, pero sí de carácter hacia rechazo,
las confrontaciones, y la dificultad muchas veces de crear conciencia sobre
ambientes de convivencia donde el respeto, la empatía, la responsabilidad hacia
lo colectivo y el trabajo colaborativo puedan fluir de manera dinámica,
armoniosa y constructiva
Para Vélez Villafañe, P.
Ortega Valencia y Merchán, surge aquí el concepto sobre la escuela
en ecologías violentas
Sobre estos contextos de
ecologías violentas se sigue imponiendo criterios, pensamientos y agendas que
marcan la dinámica de un sistema donde se desconoce el territorio y donde se
busca que todos estén dentro de un marco lógico, pero esto no repercute en la
realidad de una comunidad que necesita sanar y trasformar las heridas del
conflicto, y la escuela es puente de ese proceso
Es de esa manera donde se
estructura una desarticulación entre la realidad del contexto y la imposición
de referentes nacionales que hacen parte de un criterio de conflictividad o de sistema
que no están dentro de la escuela y no reconoce ni acoge al otro en su realidad,
en este caso, su contexto, su historia, su realidad
Por ende, es importante
comprender que la escuela tiene que pasar de ser un lugar de disputas a ser un
lugar donde desde la pedagogía y la construcción de dinámicas de aprendizaje,
se puedan establecer procesos fundamentales para la construcción de acciones
comunitarias que lleven hacia la reconciliación, la verdad, de justicia, la paz,
todo desde la apertura del otro y el desarrollo de lo colectivo
Esto no se puede hacer negando la
historia, por eso también la escuela debe ser lugar de la memoria, ya que es
propio del territorio saber sobre su pasado para entender sobre su presente
Ahora bien, siendo conscientes de
esta realidad dentro de la territorialidad interna y externa de la comunidad
educativa, lugar para establecer la apertura y el reconocimiento del otro ¿Cuáles
serían las ganancias a nivel personal y comunitario si los actores educativos
tomaran el reconocimiento del otro y sus diversidades como un eje fundamental
de la escuela? Responder esto desde la base de lo personal y comunitario requiere
cuatro comprensiones posibles a nuestro modo de ver:
1.
El estudiante no solo como sujeto de
derechos, sino también como un actor fundamental en el proceso de trasformación
del entorno, que en medio de realidades históricas y exigencias trasformadoras,
esta llamado desde los saberes pedagógicos, llevar a cabo una apertura y un reconocimiento
del otro como aquel que en su otredad también es constructor y trasformador de
la cosmovisión social que le interpela, por lo que en medio de disputas de
formación política, lo hace corresponsable de procesos colectivos integradores
y trasformadores
Este acto el estudiante no solo es el de un ‘actor reconocido’
de manera pasiva dentro de los ambientes escolares, sino que trasciende y se integra
hacia una acción colaborativa en el territorio donde conviven con otros
(familia, barrio, comunidad) para generar trasformación del saber y del reconocimiento
en su territorio, por lo que, se vuelve un agente del conocimiento que permite transformar
la realidad problemática de su comunidad planteando metodologías de aprendizaje
y de fortalecimiento de transformación cultural de su entono
2. Colocar al actor educativo como intermediario activo y fundamental entre el estudiante como protagonista de la transformación propia de su realidad y el territorio que se convierte en otredad de reconocimiento y acogida. El docente se convierte en un mediador ético para ayudar al estudiante en aquel que pueda realizar una reflexión critica de su historia, de su realidad, pero también dentro de este proceso ser capaz de acoger los distintos argumentos que se van levantando ante la comprensión de la realidad misma, con el fin de que entre si se busque los puntos comunes que favorezcan hacia una transformación del entorno y su realidad, todo en el ejercicio de una vivencia comunitaria escolar, pero también dentro desde la necesidad de transforma las resistencias que existen al interior de ella.
El docente no puede ser un instrumento apartado de la
realidad contextual en la que vive el estudiante, este debe ser un conocer de
la realidad que le interpela como agente pedagógico, conectándose con el
estudiante, interpretando sus preocupaciones, necesidades y quereres y llevando
al estudiante a un conocer, analizar, criticar y trasformar la misma realidad en
la que emerge como parte de una identidad y una cultura de vida. Por
consiguiente, esto llevara al estudiante ser reconocido mediante la escucha, la
consideración de sus reflexiones y el desarrollar espacio de críticas propias y
comunes sobre su propia historia, su realidad y exigencias de trasformación
3. la relación entre docente-estudiante y la comunidad educativa, como un lugar de acción para la creación de una política activa, que desde el conocimiento propio de su historia desarrollada en una pedagógicas propia, la participación colectiva donde el estudiante se involucra en su comunidad, y la trasformación de un pensamiento y acciones pertinentes dentro de un proceso de aprendizaje colectivo, permiten desarrollas nuevas acciones para transformar la cultura y el entorno presente a partí de esto podemos situar dos situaciones:
a. La consecución de teorías propias de una política activa que busca la trasformación del territorio desde el reconocimiento de la memoria histórica, las resistencias, las secuelas, las situaciones que generan el conflicto al interior de la comunidad escolar y el como es posible su trasformación.
b. El cómo desde la practicidad de saberes pedagógicos orientados por el educador como intermediario y el estudiante como acto activo del conocimiento de su entorno, busca transformar su realidad ante el reconociendo y la vinculación activa con la otredad.
4.
Por consiguiente, el estudiante como actor
político desde le conocimiento basado en pedagogías de su propia realidad y entorno,
el docente como intermediario y el resultado de esta relación que permite la
vinculación de una voz activa, propia, autentica y libre de colonialismos y sistemas
respetivos que vienen desde fuera, hacen de la escuela un territorio de transformación
colectiva de su territorialidad.
Referencias
Traver-Martí, J. A., Moliner García, O., & Sales
Ciges, A. (2019). Negociando el currículum: Aprendizaje-Servicio en la
escuela incluida. . Alteridad, 195–206.
Vélez, Ortega &
Merchán. (2017). La escuela en ecologías violentas: entre las politicas la
poedagogía dela memoria, Vocen y silencios. La escuela en ecologías
violentas: entre las políticas y la pedagogía de la memoria., 194.
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